miércoles, 25 de enero de 2012

[Reflexiones] Encontrando el sentido de la vida

La vida empieza a tener sentido 
cuando ayudas a otro a ponerse de pie y a andar. 
Cuando respiras hinchando tus pulmones de aire, 
y notas que no estás solo
a pesar de estar en el desierto.

Cuando miras al cielo y ves las estrellas 
que dominan el firmamento,
comprendes que no estás solo,
comprendes que la vida es mucho más 
que el simple palpitar de tu corazón.

La vida tiene sentido cuando andas,
cuando evolucionas, 
y no dejas tras de ti amargura.
Cuando tras de ti has dejado alegrías, 
cuando has dejado amigos y hermanos, 
cuando has dejado un grato recuerdo 
en todo aquel que te ha conocido, 
es cuando la vida tiene sentido. 

Si tras de ti has dejado odio, 
ésas serán las raíces que darán en el futuro 
frutos amargos; si la planta que crece 
tiene raíces de amor, los frutos serán dulces 
y serán tu alimento en el andar de cada día.

Apoya tu mano sobre el hombro 
de aquellos que andan contigo, 
porque si te sientes débil ellos te cogerán, 
y si te sientes fuerte andarás más de prisa.

No te ates a las alabanzas. 
El que te quiere no te alaba, 
te apoya sin palabras.
Sabrás quién es el que te quiere 
cuando te veas reflejado en él. 

Busca tu gloria en la gloria de los demás, 
y los demás buscarán su gloria en ti.
Si hablas a los demás, que tu palabra sea limpia; 
pero no hables con orgullo, 
porque hacerlo es hablar con falsedad
Usa todo lo que la naturaleza pone a tu alcance. 
No malgastes tu tiempo. 

Tienes poco tiempo; 
justo el que estás disfrutando ahora. 
Trata de conocerte. 
Úsate. No te malgastes. No te mal utilices.
Busca dentro de ti la solución a tus problemas.
Si tienes que atarte, átate a ti mismo.

No culpes a los demás de tus propios errores.
Sé tu propio juez; pero un juez justo. 
Si andas por un bosque ten cuidado, 
porque habrá ramas bajas, te puedes golpear 
contra esas ramas. 

No es necesario que las cortes, 
simplemente agáchate un poco 
para volver a levantarte inmediatamente, 
la rama quedará frustrada en su intento de dañarte.

No pronuncies la palabra ¡imposible!, 
porque todo es posible dentro de ti
si vas dirigido positivamente; 
si vas dirigido negativamente,
poco a poco te irás hundiendo, 
conseguirás tal vez logros parciales,
inmediatos,
pero te estarás hundiendo. 

Si vas positivamente, 
quizas los logros sean más a largo plazo,
pero te estarás elevando.
Sólo pasa hambre el que no sabe 
que tiene dos manos.

Si alimentas tu cuerpo para que te sirva, 
debes también alimentar tu Alma, 
para que también te sirva. Un alma poco alimentada.
es un alma débil, sin fuerza. 
Un alma bien alimentada es un alma 
que genera energía, que contagia, que anima.

Cuida bien todas aquellas cosas que afectan 
la evolucíón de tu alma.

Nunca hables con miedo, 
porque las palabras se volverán contra ti. 
Si tienes miedo, no hables, 
porque el miedo también es contagioso. 


Habla mirando a los ojos,
transmite tu fuerza en tu mirada.
Si quieres saber cómo es Dios mira volar a un ave, 
mira crecer una flor, mira a los astros moverse, 
y verás que en ellos se expresa la perfección .

¿El Doctor Livingstone, supongo?


¿El Doctor Livingstone, supongo? 
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¿El Doctor Livingstone, supongo?
¿EL DOCTOR LIVINGSTONE, SUPONGO?
-¿El señor Stanley, supongo? –preguntó el doctor Livingstone.
-Un momento, un momento –contestó Stanley, desconcertado, y añadió: -Se supone que eso tengo que preguntarlo yo.
-¿Por qué? –volvió a preguntar el doctor Livingstone.
-Porque he sido yo el que lo ha encontrado a usted… y además porque estoy seguro de que esta pregunta se hará muy famosa en el futuro y quisiera aparecer yo como autor de la misma.
-Bien,  por mi parte no hay inconveniente, puede usted preguntarme si soy yo.
Y Henry M. Stanley retrocedió seguido de su expedición hasta la entrada de la aldea de Ujiji, para repetir la entrada. Así, se acercó a la cabaña en cuyo porche le esperaba el doctor Livingstone… y le preguntó:
-¿El doctor Livingstone, supongo...? 
Así ha pasado a la posteridad, tanto la frase como el hecho de que el periodista y aventurero Stanley encontrara en África al misionero y médico Livingstone. O al menos así lo cuenta la Historia partiendo, claro está, de la crónica escrita por el periodista para su periódico, “The New York Herald”. Pero así como todos sabemos que la Historia a veces no cuenta toda la verdad (y si la cuenta la adorna convenientemente) imagínense si la Historia, además, se ha apoyado en la crónica escrita por un periodista.
El doctor Livingstone no estaba perdido en África. Simplemente había dejado de comunicarse con el llamado “mundo civilizado” por decisión propia. Y vivía cómodamente instalado y tratado con gran consideración por los nativos en la aldea de Ujiji, cerca del lago Tanganica.
La historia de esta aventura comienza en Madrid, ciudad donde Stanley se encontraba en el año 1869 como corresponsal de su periódico para escribir una crónica sobre el general Prim. Fue entonces cuando recibió una carta del director de su periódico citándole en París para un importante asunto. Y el asunto no era otro que encontrar al doctor Livingstone, al que se daba por perdido en África al no haber tenido  noticias suyas desde hacía tres años. El director del periódico, Gordon Bennet,  demostrando que la Geografía no era su fuerte, le ordenó:
-Vaya en busca de Livingstone y encuéntrelo, pero antes, y ya que  está en el norte de África, podría asistir a la inauguración del Canal de Suez y enviar la crónica. Después, y ya que está por ahí arriba podría acercarse a Jerusalén y a Constantinopla, pasando también por Crimea para informar de la guerra, y también podría dirigirse al Cáucaso y al mar Caspio… y desde allí a India atajando por Persia y ya puestos, desviarse un poco hasta Bagdad, ya que le queda de camino, más o menos. Y de vuelta a India ya puede embarcarse tranquilamente hacia África. Estoy seguro de que enviará al periódico crónicas muy interesantes… pero no olvide que lo prioritario del viaje es encontrar al doctor Livingstone. ¿Qué le parece?
A Stanley, a pesar de su espíritu aventurero, le pareció un disparate pero una buena ocasión de hacer turismo antes de que se hubiera inventado el turismo. Así que se puso inmediatamente en marcha hacia su destino sin saber exactamente cual era su destino, ya que no había tomado nota de todas las propuestas, aunque contaba con el dato importante de que Livingstone estaba obsesionado con encontrar las fuentes del río Nilo así que, pensó, quizá remontando el Nilo lo encontraría. 
En cuanto llegó al continente africano, después del disparatado periplo, Stanley remontó el río Nilo hacia el lago Tanganica con una expedición de lujo pagada generosamente por su periódico. La expedición estaba formada por una gran escolta armada y decenas de porteadores que acarreaban tiendas de campaña, grandes fardos con toda clase de alimentos y mercancías de intercambio, cocinas de campaña, utensilios de aseo y de cocina y hasta una bañera para el jefe de la expedición que iba a su frente fuertemente armado y enarbolando una gran bandera de los Estados Unidos… Y todo eso para encontrar a un hombre que todo el mundo sabía donde estaba, al menos en África, como lo demostró el hecho de que a la primera persona que se encontró Stanley nada más bajar del barco, un descargador de muelle, contestó así a su pregunta:
-¿Qué si conozco al doctor Livingstone? Pues claro.
-¿Y dónde se encuentra? -preguntó Stanley, desconcertado.
-Por allá abajo –contestó el descargador, haciendo un gesto de cabeza hacia el sur y sin molestarse en dejar en el suelo el saco de cien kilos de café que cargaba a su espalda.
-¿No podría ser más preciso? –dijo Stanley.
-Hombre, ya que ha venido usted a buscarlo con toda esa puesta en escena –y señaló con otro gesto de cabeza a los componentes de la numerosa expedición que esperaban al pie del barco- lo menos que podría hacer es esforzarse un poquito, ¿no?
Una generosa propina hizo el milagro:
-Dicen que vive en Ujiji, al otro lado del lago Tanganica. Bueno, al otro lado dependiendo del lado por el que usted llegue al lago, ya que puede estar a este lado del lago o al otro lado del lago. Pero es muy sencillo: si no lo encuentra usted en el lado por el que llegue es porque ese no es el otro lado del lago Tanganica, sino este lado del lago Tanganica, así que no tendrá más que ir al lado que es el otro lado, o sea al lado que está enfrente  del lado que no es, y ese sí que es el otro lado del lago Tanganica ¿está claro?
Convencido de que el descargador le había tomado el pelo y aún desorientado (aunque se volvió a orientar con ayuda de la brújula) Stanley y su caravana se pusieron en camino hacia el sur.
En su camino, preguntaron en todas las aldeas que encontraron y en todas conocían al doctor Livigstone, añadiendo que vivía al otro lado del lago Tanganica. Después de varias jornadas (no tantas ni tan incómodas como el periodista narró en sus crónicas con el fin de justificar sus gastos) acamparon en un claro ya que habían calculado que al día siguiente  llegarían al lago… con la angustia de no saber por qué lado. Stanley, que escribía en su tienda la crónica del día, se vio interrumpido por una gran algarabía. Y al asomarse vio que junto al fuego, un grupo de porteadores discutían y hasta se peleaban a bastonazos. Al acercarse para poner orden, los contendientes dejaron de pelearse y le gritaron:
-¡No lo pise, no lo pise!
Y al mirar a sus pies Stanley se dio cuenta de que estaba en medio de una gran circunferencia trazada sobra la arena con una serie de puntos señalados con guijarros fuera y dentro de ella. Y preguntó:
-¿Qué es esto?
-Esto es el lago Tanganica –contestó el  guía.
Circunferencia y puntos
-Ah –dijo Stanley, por decir algo, pero el que había hablado, al ver que no se había enterado de nada, precisó:
-Estamos haciendo apuestas sobre qué lado del lago vamos a llegar –y al ver que Stanley seguía con la misma expresión, el guía añadió: -Imaginando que la circunferencia trazada es el lago, aunque sea  mucho imaginar, la mitad de nosotros apostamos que estamos en el punto B exterior a la circunferencia, y la otra mitad que estamos en el punto D; cuatro o cinco opinan que estamos en el punto C más próximo a D pero eso sería absurdo porque entonces estaríamos ya en la misma orilla del lago… y, para colmo, el cocinero asegura que estamos en el punto A, sin darse cuenta que es el centro de la circunferencia y, por lo tanto, el centro del lago… con lo cual ahora estaríamos nadando.
-¿Y por que no esperar a mañana, en lugar de discutir tanto?
-Porque, de paso, nos entretenemos. Además de las apuestas sobre la orientación respecto al lago resolvemos un problema muy sencillo: si desde el punto B trazamos segmentos que unan dicho punto con los puntos C de la circunferencia: ¿Qué figuras forman los puntos medios de esos segmentos? Es que a nosotros disfrutamos mucho con las matemáticas.
-¿Ustedes saben matemáticas? –preguntó Stanley, sorprendido.
-Y también inglés, desde el momento que estamos hablando con usted. Es que eso del negrito ignorante tiene mucho de leyenda. Yo, por ejemplo, he estudiado matemáticas en Oxford. Sí, no ponga esa cara. Pasé en cayuco a Europa, me instalé en Inglaterra y trabajando de camarero me pagué mis estudios. Al terminar me propusieron quedarme como profesor adjunto, pero como la vida en Europa me decepcionó y gano mucho más de guía de ingleses y norteamericanos ignorantes del terreno que pisan que de profesor, pues por eso estoy aquí.
Stanley, avergonzado no sólo por no saber resolver el sencillo problema que ya habían resuelto la mayoría de los porteadores, sino también por todo lo escuchado, pretextó para despedirse que al día siguiente tendrían que madrugar. Y cuando se alejaba hacia su tienda, escucho la voz del guía que le decía, con un punto de sorna:
-Bwana Stanley, bwana Stanley, tenga este problemilla para que se entretenga antes de dormir. Es medio problema, medio juego, y muy entretenido… aunque no tan sencillo como pueda parecer a primera vista –y le entregó un papel en el que estaba el enunciado escrito en impecable letra redondilla inglesa acompañado del siguiente dibujo:
“Divide el cuadrado en cuatro partes iguales en forma y tamaño, de tal forma que cada parte contenga un círculo y un cuadrado, aunque no necesariamente en las mismas posiciones.”
Cuadrado
Syanley no supo resolver el problema y se levantó agotado a la mañana siguiente, cuando ya estaba la caravana preparada para la marcha.
A las cuatro horas de marcha llegaron a la orilla del lago Tanganica… con la duda de en qué lado estarían: en el lado de Ujiji o en el otro lado. Viendo que un pastor apacentaba su rebaño de cabras, el periodista se acercó para preguntarle:
-¿Sabe usted si éste es este lado del lago Tanganica o el otro lado del lago Tanganica?
-Éste es este lado del lago Tanganica, el otro lado del lago Tanganica es aquél –contestó el pastor, señalando con el bastón la otra orilla del lago.
Y ya se iban a poner en marcha hacia el otro lado del lago Tanganica cuando el guía le preguntó a Stanley:
-¿Y si llegamos al otro lado del lago y nos dicen que el otro lado es éste? No sería más sencillo por la aldea de Ujiji.
Y antes de que les diera tiempo a preguntar, el pastor dijo:
-Haber empezado por ahí. En ese caso sí que están ustedes al otro lado del lago Tanganica, que es este lado, ya que Ujiji está ahí mismo, a un tiro de piedra. Además, seguro que vienen a buscar al doctor Livingstone pensando que se ha perdido. Por cierto, ¿quieren ustedes un chivo expiatorio?
-¿Para qué? –preguntó Stanley, que no salía de su asombro.
-Pues para echarle la culpa de todo, que es lo que se hace con los chivos expiatorios. Es que nosotros somos más civilizados que ustedes los blancos, y cuando tenemos que culpar a alguien de algo, en vez de arremeter contra él pues lo hacemos  con el chivo expiatorio. Yo soy el pastor del rebaño de chivos expiatorios. Qué, ¿no me compran uno?
Convencido, Stanley compró un chivo expiatorio para poder echarle la culpa en el caso de que algo fallara en la expedición. Y con el chivo entró en Ujiji el 10 de noviembre de 1871, donde, para su sorpresa, todos le esperaban a él ya que había llegado la noticia de que una gran  caravana se acercaba a la aldea. Todos los aldeanos y una gran cantidad de mercaderes árabes se congregaban en la plaza y fueron abriendo paso a Stanley. Así, le encaminaron hasta una choza más grande y confortable que las demás ante la que esperaba un hombre blanco con una larga barba canosa, pálido y de aspecto enfermizo, que cubría su cabeza con un gorro azul con bordados dorados y que vestía una camisa roja con anchas mangas y un pantalón a cuadros. A su lado, sus dos fieles criados Susi y Chuma. Entonces fue cuando se produjo el intercambio de frases de saludo que abren este relato, tras las cuales El doctor Livingstone y Stanley se sentaron en el porche de la cabaña para descansar y para contarse lo que ambos estaban deseando escuchar: uno las peripecias del otro en su periplo africano, y el otro qué es lo que había acontecido en Europa y el resto del mundo en su larga ausencia.

En ese momento, Susi y Chuma entraron con un recipiente, una especie de extraño barreño lleno de agua para que Stanley se refrescara.
Al periodista le pareció una idea extraordinaria, y ya se estaba quitando la sudada camisa cuando el guía de la expedición, el apasionado de las matemáticas, advirtió:
-¿Se han dado cuenta de que el recipiente está formado por seis pentágonos regulares? Miren, si abriéramos el recipiente cortando dos lados de cada pentágono tendríamos una figura así –y dibujó en la arena la figura desarrollada -Ven qué curioso, ¿ven los seis pentágonos? –preguntó a los anonadados espectadores, que no entendía adónde quería ir a parar.
Seis pentágonosFigura

-Sí, los vemos, ¿y qué? –preguntó Stanley, visiblemente molesto, ya que el guía se interponía entre él y el barreño.

-Pues que si ahora observan el recipiente que contiene el líquido verán que los seis pentágonos unidos han dado paso a un problema que tengo que reconocer tiene su dificultad. La figura, como ya he dicho, se compone de seis pentágonos regulares de 1 metro de lado. Se dobla por las líneas de puntos hasta que coincidan las aristas no punteadas que confluyen en cada vértice y ya tenemos el recipiente.
-¿Y qué? –volvió a preguntar el periodista, impaciente.
-Pues que ahora pregunto: -¿Qué volumen de agua cabe en el recipiente formado?
A una orden de Livingstone, que no era muy aficionado a las matemáticas, Susi y Chuma echaron al guía y, por fin, Stanley pudo refrescarse teniendo cuidado con no pincharse con lo que antes creía que eran simples picos, pero sabiendo ahora que eran los vértices superiores de los cinco pentágonos que cerraban el recipiente.
Esa noche, instalado en la cabaña del doctor Livingstone, tampoco pudo dormir dándole vueltas al problema de los seis pentágonos… hasta que recordó que atado a la puerta estaba el chivo expiatorio. Así que salió, le echo la culpa de no saber resolver los problemas  y de vuelta a la cama, ya pudo conciliar el sueño.

P.D: El doctor Livingstone (1813-1873) médico, misionero y explorador trató, sin éxito de encontrar las fuentes del Nilo, aunque descubrió una serie de importantes lagos y las cataratas Victoria. Hombre desprendido, abnegado y antiesclavista ofreció su vida en servicio de los demás y murió en el transcurso de una expedición más en busca del nacimiento del Nilo, cerca del lago Bangwelu que él mismo había descubierto. Sus fieles criados Susi y Chuma le extrajeron el corazón y lo enterraron en aquel lugar, embalsamaron su cuerpo y lo llevaron en andas durante 1.600 kilómetros hasta la costa para embarcarlo hacia Inglaterra. La Royal Geographical Society los condecoró por esta hazaña y cuando volvieron a Zanzíbar se convirtieron en guías de caravanas.
Henry M. Stanley (1841-1904) era el polo opuesto al doctor Livingstone. Aventurero inquieto, racista, duro y agresivo, se alió con mercaderes de esclavos para así mejor llevar a cabo sus expediciones por el continente africano en las que trabajo para Leopoldo II de Bélgica, el gran explotador de Congo, país que manejó, para vergüenza de Europa, como su finca particular. Pero eso no le importaba a Stanley, que se aliaba al mejor postor, haciéndolo después con los colonialistas ingleses. Sin embargo, su deleznable actuación no empaña su importancia como explorador, descubridor y autor de artículos y libros de éxito. Se retiró a una lujosa mansión en Inglaterra y fue miembro del Parlamento y nombrado Sir.
FIN

martes, 10 de enero de 2012

Odio a los indiferentes

Habría que agregar lo que dijo Martín Luther King, no me preocupa el silencio de los corruptos o malos políticos, me preocupa el silencio de los buenos. Sin embargo, yo añadiría, la participación y el trabajo tienen que ser diarios, hora a hora, minuto a minuto, comunicando, informando bien a todo nuestro entorno y lo más amplio posible, para impedir la idiotización de nuestra población, porque como dice Simón Rodriguez: un pueblo pobre es fácilmente comprado y un pueblo que no, es siempre engañado.

Labia maldita

Cada vez que sus amigos le dicen feo, Wilson se defiende con una frase de un sabio sin fama: “La hermosura es cuestión de luz, cuando apagamos las velas todos somos iguales”. Su defensa es atractiva y buena, pero igual sus amigos no dejan de gritarle feo, feo, feo. Puede ser que le digan así por su nariz gigante, su boca chueca, su mandíbula salida, sus dientes grandes y sus cabellos montaraces. Pero es más seguro que le digan así por envidia. Lo que pasa es que Wilson tiene una suerte envidiable con las mujeres, sobre todo con las jóvenes, esas que están a cinco años de los treinta. Algunos creen que no es suerte sino cierto interés de la juventud femenina por el dinero. Pero eso no puede ser porque Wilson carece de plata desde que usa la memoria. La única vez que tuvo una cantidad considerable de billetes en sus manos fue cuando su primo Omar Cisneros le mandó a cambiar 300dólares que se había ganado en un bingo de un barrio popular. Lo que sí tiene Wilson es una labia maldita capaz de convencer a la mujer más dura, a la más fría. Siempre anda con chicas a su lado para la envidia de sus amigos. Anda con mujeres de todos los tamaños y todos los colores; pero, como Antauro, las prefiere rubias. Su labia se notó desde muy chiquito cuando sorprendía a las profesoras del colegio al recitar de memoria no solo poemas de amor de Neruda sino todas las rimas de Bécquer y los versos de Carlos Oquendo de Amat. La chica que salió con él para recibir este año le dijo hace unos días: “Si no tuvieses ese floro, para lo único que servirías sería para asustar a los niños”. Él le contestó: “Seguramente, hermosa, pero ahora para lo único que sirvo y para lo único que serviré en esta vida será para amarte todos los días de mi existencia sin un segundo de sosiego”. Entonces ella se colgó de su cuello y le dijo: “Te amaré por siempre mi hermoso poeta feo”. Cuando habla con sus amigos, Wilson les dice: “La pinta es lo de menos, la plata solo la buscan las pobres, la ropa interesa a las superficiales; lo que quiere una verdadera mujer, hermosa, culta y elegante, es un macho como yo que le regale Música a sus oídos”.

sábado, 7 de enero de 2012


La última lágrima



 
Allí estaba, sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas rotas de la vereda; gorra crema, manos arrugadas sosteniendo un viejo bastón de madera; pantalones que arremangados dejaban libres sus pantorrillas y una camisa beige, gastada, con un chaleco en la mano tejido a mano. El anciano miraba a la nada. Y el viejo lloró, y en su única lágrima expresó tanto que me fue muy difícil acercarme, a preguntarle qué le pasaba, o siquiera consolarlo.




Por el frente de su casa pasé mirándolo, al voltear su mirada la fijó en mi, le sonreí, lo saludé con un gesto aunque no crucé la calle, no me animé, no lo conocía y si bien entendí que en la mirada de aquella lágrima se mostraba una gran necesidad seguí mi camino, sin convencerme de estar haciendo lo correcto.


En mi camino guardé la imagen, la de su mirada encontrándose con la mía. 
Traté de  olvidarme. Caminé rápido como escapándome. Compré un libro y tan pronto llegué a mi casa, comencé a leerlo esperando que el tiempo borrara esa presencia... pero esa lágrima no se borraba... Los viejos no lloran así por nada, me dije.

Esa noche me costó dormir; la conciencia no entiende de horarios y decidí que a la mañana volvería a su casa y conversaría con él, tal como entendí que me lo había pedido. Luego de vencer mi pena, logré dormir. Recuerdo haber preparado un poco de café, compré galletas y muy deprisa fui a su casa convencido de tener mucho por conversar.

Llamé a la puerta, cedieron las rechinantes bisagras y salió otro hombre.
¿Qué desea? preguntó, mirándome con un gesto adusto. Busco al anciano que vive en esta casa, contesté. Mi padre murió ayer por la tarde, dijo entre lágrimas. ¡Murió! dije decepcionado. Las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me humedecieron.

¿Usted quien es? volvió a preguntar. En realidad, nadie, contesté y agregué. Ayer pasé por la puerta de su casa, y estaba su padre sentado, vi que
lloraba y a pesar de que lo saludé no me detuve a preguntarle que le sucedía pero hoy volví para hablar con él pero veo que es tarde.

No me lo va a creer pero usted es la persona de quien hablaba en su diario. Extrañado por lo que me decía, lo miré pidiéndole más explicación. Por favor, pase. Me dijo aún sin contestarme. Luego de servir un poco de café me llevó hasta donde estaba su diario y la última hoja rezaba: Hoy me regalaron una sonrisa plena y un saludo amable... hoy es un día bello.

Tuve que sentarme, me dolió el alma de solo pensar lo importante que hubiera sido para ese hombre que yo cruzara aquella calle. Me levanté lentamente y al mirar al hombre le dije: Si hubiera cruzado de vereda y hubiera conversado unos instantes con su padre... Pero me interrumpió y con los ojos humedecidos de llanto dijo: Si yo hubiera venido a visitarlo al menos una vez este último año, quizás su saludo y su sonrisa no hubieran significado tanto.



Si hubiera... si hubiera... si hubiera... Cuántas veces esas dos palabras han estado en nuestros labios. Tomemos la decisión  de aprovechar cada oportunidad para amar, compartir y edificar a otros. Hoy! porque mañana puede ser tarde.

[Reflexiones] Ganar la batalla

Durante una batalla, un general japonés decidió atacar aún cuando su ejército era muy inferior en número. Estaba confiado que ganaría, pero sus hombres estaban llenos de duda. Camino a la batalla, se detuvieron en una capilla. Después de rezar con sus hombres, el general sacó una moneda y dijo, “Ahora tiraré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Se es cruz, perderemos. El destino se revelará”.

Tiró la moneda en el aire y todos miraron atentos como aterrizaba. Era cara.
Los soldados estaban tan contentos y confiados que atacaron vigorosamente al enemigo y consiguieron la victoria. Después de la batalla, un teniente le dijo el general,

  “Nadie puede cambiar el destino”.

“Es verdad”, contestó el general mientras mostraba la moneda al teniente, que tenía cara en ambos lados.

  Obviamente la historia  es irreal en el sentido de que una moneda no puede decidir nuestro futuro, sin embargo, nos deja muy claro que muchas veces, hemos perdido la batalla porque antes de iniciar nos creemos incapaces.
Es usual cuando hay exámenes por ejemplo, que muchos lo han perdido antes de iniciar, pues su actitud así lo propicia.

Todos tenemos muchas situaciones hoy en nuestra vida, y podemos enfrentarlas solos, con miedo, con angustia y creyéndonos perdedores.
Por mas cansado que te encuentres, por más difícil que veas la situación, aunque ya no sientas que tienes fuerzas. Puedes ganar, puedes vencer, puedes seguir adelante.

martes, 3 de enero de 2012

[Reflexiones] Una anédota real

[Reflexiones] Una anédota real

Pequeña anécdota (verídica) para reflexionar -

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de ponerle un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada.

Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.
Leí la pregunta del examen y decía: "Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro".
El estudiante había respondido: "Lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio".

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de sus de estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad.

Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.
Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada.
Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta:
"Coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio, calcula el tiempo de caída con un cronometro. Después aplica la fórmula altura = 0,5 por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio".
En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar.
Le dió la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.
Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?

Sí, contestó; este es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo.

Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión.
En fin, concluyó, existen otras muchas maneras.

Probablemente, siguió, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares).
Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios sus profesores habían intentado "enseñarle a pensar".

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.